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TEMA: Teología de los Migrantes

Teología de los Migrantes 11 Nov 2018 19:05 #10807

La hospitalidad implica el respeto mutuo. El recién llegado es recibido con amabilidad y puede llegar a ser aceptado como miembro de la gran familia que es una nación o país cuando cumple con sus requisitos. A su vez, en su carácter de huésped, no puede llegar exigiendo derechos que no tiene sino que debe ganarlos con su aporte a la gran familia y su integración a sus normas y costumbres.

En otras palabras, el objetivo final y lógico del inmigrante es ser recibido y respetado según las normas vigentes para integrarse a la sociedad que lo recibe, dispuesto a aprender y adaptarse a su cultura, idioma y leyes, sin por eso olvidar su origen ni renunciar a su cultura, pero con la suficiente flexibilidad para acomodarse a las costumbres y compartir los intereses y aspiraciones del país que lo recibe. No es aceptable que llegue con exigencias. Fue su elección vivir en el país que lo recibe, pero si no se puede adaptar, es libre de irse y regresar a su país de origen y al estilo de vida que prefiere.

Aprecio las opiniones del Padre Barrios y respeto su profundo contenido cristiano. No hay discrepancias de mi parte sino la intención de ver también la otra cara de la medalla. De hecho, no sólo él, sino también muchos otros cristianos, sobre todo católicos, argumentan a favor de conceder una amplia indulgencia a los inmigrantes que permanecen o han entrado al país ilegalmente, o abrirles las puertas indiscriminadamente a los que llegan, como una obligación de caridad cristiana. Sin embargo, Santo Tomás de Aquino indicó específicamente en su Summa Theologiae (I-II, 105, Art.3) que: «Las relaciones con los extranjeros puden ser de paz o de guerra, y en uno y en otro caso son muy razonables los preceptos de la ley (...) Por esto establece la ley que algunos ... son recibidos en la comunidad a la tercera generación. Otros, por el contrario, que muestran su hostilidad hacia el país, nunca son admitidos a ser parte del pueblo; y otros que se oponen al país han de ser tratados como enemigos perpetuos».

Aunque admite también excepciones edificantes cuando añade que «Sin embargo, por dispensa, un individuo podía, en razón de un acto virtuoso, ser admitido en el seno del pueblo», es indispensable reconocer que para este Doctor de la Iglesia queda claro que la inmigración debe tener dos consideraciones muy en cuenta: la primera es la unidad de la nación; y la segunda es el bien común.

El inmigrante no sólo debe desear asumir los beneficios sino las responsabilidades de unirse íntimamente a la comunidad de la nación. Al convertirse en residente o ciudadano, una persona pasa a formar parte de una amplia familia como un propósito a largo plazo, con todos sus derechos, pero también con todos sus deberes y obligaciones. No es un simple accionista de una sociedad anónima que sólo busca el interés propio a corto plazo y aspira a beneficiarse a su manera con absoluto desprecio del bienestar de quienes lo reciben.

En segundo lugar, Santo Tomás enseña que la inmigración debe tener en mente el bien común; no puede destruir ni abrumar a una nación. Este Doctor de la Iglesia muestra en su estudio que vivir en un país diferente es algo muy complejo; se necesita tiempo para conocer sus hábitos y su mentalidad, y por lo tanto, para entender sus problemas y elaborar sus soluciones. Y sólo quienes viven en una comunidad durante mucho tiempo, tomando parte en la cultura del país, estando en contacto con su historia y abrazando sus aspiraciones, están en condiciones de juzgar las decisiones de largo plazo más convenientes para el bien común, «puesto que los recién llegados, no estando arraigados en el amor del bien público, podrían atentar contra el pueblo».

Una inmigración proporcional y legal siempre ha sido un desarrollo saludable en cualquier sociedad porque inyecta nueva vida y cualidades en el cuerpo social y lo enriquece. Pero cuando pierde esa proporción y socava el propósito del Estado, amenaza seriamente el bienestar de la nación.

Cuando esto sucede, la nación haría bien en seguir el Consejo de Santo Tomás de Aquino y los principios bíblicos. La nación debe practicar la justicia y la caridad hacia todos, incluyendo los extranjeros, pero debe sobre todo salvaguardar el bien común y su unidad, sin la cual ningún país puede sostener su identidad ni su integridad por mucho tiempo.
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COM_KUNENA_THANKYOU: Julio M. Shiling

Teología de los Migrantes 02 Jul 2018 17:43 #10636

Por migrantes entendemos tanto los emigrantes como los inmigrantes. Lo de teología se refiere al esfuerzo por entender el fenómeno de las migraciones a la luz de la Divina Revelación.

La prehistoria del Pueblo de Dios comienza con una emigración, la de Abrahán y los suyos desde Ur de los Caldeos hacia la tierra prometida, Canaán.

Con el tiempo, a causa de una hambruna, los descendientes de Abrahán emigraron a Egipto donde fueron bien acogidos, gracias al puesto que ocupaba el patriarca José en la corte del faraón (Gen 47).

Tras la muerte de José, el nuevo monarca dejó de tener consideración hacia los hebreos, y éstos, ya bajo el liderazgo de Moisés, escaparon de la esclavitud hacia la tierra de sus orígenes. Ese desplazamiento multitudinario se conoce como el Éxodo.

Los antiguos hebreos eran conscientes de su excepcionalismo. Dios los había elegido a ellos entre todos los pueblos. Pero esa elección particular era una preparación hacia la formación de un pueblo universal formado en torno al Mesías. Las leyes del antiguo pueblo de Dios prescribían buen trato hacia los extranjeros o inmigrantes.

Los israelitas nunca olvidaron sus orígenes de peregrinos. Lo recordaban en sus liturgias diciendo: “Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto y se estableció allí con pocas personas, pero se convirtió en un pueblo grande, fuerte y numeroso” (Dt 26, 5).

Ese recuerdo motiva la legislación compasiva hacia los extranjeros. “Si un emigrante reside entre Ustedes, no lo oprimirán. Será para Ustedes como el nativo y lo amarás como a ti mismo, pues también Ustedes fueron forasteros en la tierra de Egipto” (Lev 19, 33-34).

La era cristiana comienza con el nacimiento de Jesús fuera de Nazareth, donde residían San José y la Virgen María. Por razones de un censo, nació en Belén de Judá (Mt 2), pero en las afueras, guarecido bajo un establo, como todo un desamparado.

Poco después del nacimiento, la Sagrada Familia huyó de la persecución desatada por Herodes, y se refugió en Egipto. Una vez muerto el sanguinario rey, ellos regresaron. Jesús vuelve de Egipto como un nuevo Moisés. Conoció el exilio y luego el retorno como un nuevo éxodo, cargado de simbolismo religioso.

Al contemplar la vida pública de Jesús, admiramos el trato exquisito que él dispensó a extranjeros tales como un centurión romano (Mt 8, 5ss), una mujer sirofenicia (Mc 7, 24ss), y los samaritanos (Lc 10,25; 17,15-18; Jn 4,5ss).

Un autorizado intérprete de Jesús, San Pablo, llega a decir que en el Cristianismo caen todas las barreras que se presten a discriminaciones: “Ya no hay judío ni griego, ni hombre ni mujer, ni esclavo ni libre, porque todos son uno en Cristo” (Gal 3,28).

El autor de la Carta a los Hebreos exhorta a ser hospitalarios con frase sorprendente: “No olviden la hospitalidad: por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles” (13,2).

Los autores cristianos de la llamada Época Patrística (Siglo I al VII) comenzaron la reflexión teológica sobre las migraciones. San Agustín, agudo como pocos, escribe que la hospitalidad trae enriquecimiento tanto para el acogido como para el anfitrión.

Dando un salto de muchos siglos, llegamos al pontificado de León XIII (1878-1903); él decidió que en los países con muchos inmigrantes se formasen parroquias nacionales. El Papa Benedicto XV instituyó la Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado (año 1914). El Papa Pablo VI formó la Comisión Pontificia para la Pastoral de las Migraciones. Al actual Papa, Francisco, le ha tocado ser testigo de un aumento sin precedentes de los flujos migratorios, y no se cansa de exhortar a brindar apoyo a quienes huyen desesperadamente de guerras y persecuciones.

El argumento teológico principal a favor de los migrantes radica en que “todos los hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen” (Conc. Vat. II, GS Nº 29).

Lo dicho sobre el amor al prójimo migrante debe conciliarse con la necesidad de ciertos controles. Tienen su razón de ser las fronteras, los pasaportes y las visas. La inmensa mayoría de los inmigrantes vienen en son de paz. Pero, desafortunadamente también hay extremistas que entran en un país con intenciones aviesas. De todos modos, en circunstancias de emergencia, los países deben inclinarse hacia la compasión por los que huyen de situaciones intolerables. Y, por supuesto, nunca separar a los padres de sus hijos cuando cruzan las fronteras.

La salvación final depende de haber vivido plenamente el don de la fe viva, la cual se expresa por la caridad. Cuando llegue la hora del juicio, el Juez divino encontrará méritos en quienes lo acogieron en el inmigrante: “Vengan benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para Ustedes desde la creación del mundo...porque fui forastero y me hospedaron” (Mt 25, 34-35).

(Nota: El autor debe mucho a una monografía del P. Alberto Ares, S.J. publicada en Barcelona por “Cristianisme i Justicia”, Noviembre 2017).
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COM_KUNENA_THANKYOU: Pedro Corzo
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