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29/03/2020
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La estrategia comercial perdedora de Beijing

Con la aprobación del Tratado entre EU, México y Canadá (T-MEC) ¿quién es el mayor perdedor del mundo? Es fácil: China.

El gigante comunista está a punto de convertirse en apestado, y es que los tres países del continente norteamericano reinventaron la zona de libre comercio más grande y rica del mundo. El pacto comercial entre Estados Unidos, México y Canadá abarcará una población de 500 millones de personas y tendrá un PIB combinado de 25 trillones de dólares.

Ya sea que se materialice o no la fase uno del acuerdo comercial entre Estados Unidos y China - la aprobación del T-MEC establece a Estados Unidos en una posición mucho más fuerte en la actual guerra comercial. Y el régimen asiático solo puede culparse a sí mismo. Los líderes de China subestimaron el poder de resistencia y permanencia del presidente Trump, y su determinación para defender la industria y los trabajadores estadounidenses.

El líder chino Xi Jinping pensó que su país, como de costumbre, podría seguir haciendo trampas después de las elecciones en 2016, con alguna ocasional reprimenda pública de Washington, junto con uno o dos gestos simbólicos sobre el libre comercio. ¿Y por qué no habría de pensarlo? Obama una sola vez lo denunció por el robo cibernético de propiedad intelectual que estaba llevando a cabo, pero después de este aviso, no hubo consecuencias reales.

Xi tampoco se había preocupado por los aranceles. Obama en ocho años no hizo absolutamente nada para contrarrestar el dumping chino, excepto presentar quejas infructuosas ante la comprometida Organización Mundial del Comercio. Una vez impuso un impuesto a la importación de un par de productos chinos -neumáticos y acero- que no impidió que la economía de EU continuara siendo abusada por China Inc.

Luego llegó Donald Trump

Casi siempre, el primer impulso del régimen chino es ofrecer sobornos -el Partido Comunista Chino (PCCH) siempre ha alimentado la corrupción- y eso es exactamente lo que sus emisarios intentaron inmediatamente después de las elecciones. Incluso antes de que el nuevo Presidente prestara juramento, ofrecieron tratos preferenciales a los miembros de su familia. ¿Y por qué no lo habrían de hacer? Ya había funcionado con no menos de tres familias políticas estadounidenses famosas.

Esta vez, sin embargo, fueron rechazados.

El PCCH vio otra apertura cuando el “Little Rocket Man” comenzó a crear problemas en la península coreana. Se apresuraron con una oferta para mediar, obviamente esperando ganar el favor sobre comercio del nuevo presidente y, por supuesto cobrarlo-o por lo menos ganar tiempo- Esto también había funcionado antes. De hecho, había funcionado con expresidentes, primero con Bill Clinton y luego con George W. Bush. Pero no pasó mucho tiempo antes de que Trump eliminara a los intermediarios tradicionales y se reuniera directamente con Kim Jong Un en Singapur. Y los misiles dejaron de volar, al menos por ahora.

Aun así, los funcionarios del Partido Comunista pensaron que todavía tenían la ventaja. En el último cuarto de siglo habían aprendido lo fácil que era manipular el sistema político estadounidense para su beneficio. Estaban seguros de que el actual ocupante de la Casa Blanca, como sus predecesores, pronto se doblaría bajo el peso combinado de Wall Street, la calle y los interminables editoriales sobre la fantasía económica conocida como “libre comercio”. Las promesas de campaña de Trump de aranceles masivos contra los productos fabricados en China nunca se materializarían – o eso es lo que pensaban.

Trump siguió adelante con la primera ronda de tarifas prometiendo vendrían más a menos que el PCCH cambiara sus formas tratando de engañarlo.

En lugar de retroceder, el PCCH decidió subir la apuesta y, lo mas grave, interferir directamente en las elecciones de medio término en 2018. La propaganda anti-Trump comenzó a salir a raudales de las estaciones de radio y televisión controladas por China en Estados Unidos. Anuncios publicitarios pagados que atacaban su política comercial comenzaron a aparecer en los periódicos estadounidenses. Pero la verdadera injerencia china llegó en forma de aranceles. Mientras que la ronda inicial de aranceles sobre China era punitiva -impuesta como castigo a compañías culpables de robar tecnología estadounidense-, los chinos con una estrategia abiertamente política apuntaban a las economías de los estados que apoyaban a Trump, como Iowa, con la esperanza de influir en los votantes para que sufragaran en contra de él y sus políticas comerciales.

En comparación con la inventada interferencia rusa en las elecciones de 2016, lo que el PCCH intentó en 2018 fue una injerencia de Grandes Ligas. Pero todo fue en vano. El apoyo a la postura dura contra China entre los partidarios del presidente -y entre los estadounidenses en general- no vaciló.

El comportamiento del PCCH desde entonces ha sido un caso estudio sobre la negociación de mala fe. El Representante Comercial de EU, Robert Lighthizer, pasó meses perfeccionando un acuerdo con sus homólogos chinos, solo para que lo rompieran en mayo de este año. Después de meses de bloqueo, Beijing volvió a la mesa en octubre cuando se acercaba la fecha límite para la aplicación de los aranceles. Para evitar adicionales, el viceprimer ministro chino Li incluso le prometió a Trump que China compraría 50,000 millones de dólares en soya, solo para retirarse de ese compromiso unas semanas después.

Luego de tres años de ofrecer sobornos, proferir amenazas, interferir en las elecciones estadounidenses y de esconderse detrás de Corea del Norte, el PCCH parece haber llegado finalmente al fondo de su bolsa de trucos. Con el desaforo que se reveló como una farsa y con el T-MEC aprobado, el PCCH decidió que un acuerdo provisional era mejor que ninguno. Beijing ahora se dio cuenta de que la presidencia de Trump no estaba fatalmente debilitada, como había pensado, y que bien podría ganar un segundo mandato.

La aprobación del T-MEC en el Congreso por una votación abrumadora cambia todo. Primero, muestra a Xi y a sus asesores que, por divididos que estén los partidos en EU en otros asuntos, todavía pueden trabajar juntos cuando los intereses vitales del país están en juego. Segundo, fortalece enormemente la mano de Trump en las negociaciones en curso. No solo es una victoria personal para el Presidente, sino que cumple con una de sus promesas de campaña más importantes, y fortalece aún más una economía estadounidense que ya es la envidia del mundo.

Al mismo tiempo, el T-MEC debilita a China. Al aumentar el contenido de piezas nacionales de los automóviles fabricados en Norteamérica, saca a los fabricantes chinos de este lucrativo mercado. Aún más importante, el acuerdo contiene un “interruptor asesino” que bloquea a China para entrar en cualquier acuerdo de comercio con Canadá o México, de modo que no puede acceder al mercado norteamericano “por la puerta trasera”.

La máquina de propaganda de Beijing ha denunciado con rabia estas disposiciones llamándolas trabajo de “fuerzas anti-China”. A lo que Trump responde: “Lo siento, América es lo primero”.

El mayor acuerdo de libre comercio en la historia del mundo pronto estará en vigencia, y el PCCH desde fuera está mirando la fiesta. Y, a menos que cambie fundamentalmente la forma en que ha hecho negocios, como lo ha prometido durante décadas, quedará permaneciendo allí.