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11/07/2020
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Columnistas invitados/Guest columnists

Why Marxism Now?

The way of civilization is paved with the recumbent gravestones of dead religions. How is it, then, that Marxism, which meets most if not all of the qualifications necessary for religious designation, survives after nearly two centuries of false prophecies, failures, and a history of enormous atrocities? Two years ago, as the editor of Chronicles: A Magazine of Culture, I published a brilliant essay by the late Claude Polin, Emeritus Professor of Political Philosophy from the Sorbonne, that tackles this difficult question (“Marxism: Why the Liberal West Can’t Avoid It,” June 2018).

Polin begins by observing that no one doubts that Marxism has passed its zenith and is destined for the oft-invoked dustbin of history. And yet, he adds, Marxism has clearly not been “erased” from the Western mind. “It is not,” he writes, “so much that a few communist parties linger here and there; it is, much more decisively, that Marxism has not stopped hovering over significant parts of our intelligentsia and our Western youth, who seem rather fascinated by the Marxist rhetoric, not to mention the surprising number who regret Stalinism.” “Marxism” was Claude’s last published article; he died at his home in Paris two months after it appeared in print and before he could complete a complementary essay on the indispensability of Christianity and Christian thought to Western society, and a year and a half before the events of the first seven months of 2020 proved his thesis so spectacularly right.

Polin finds it strange that while regimes inspired by Marxist theories have been many times condemned, Marxist doctrine itself, like Marx himself, has never been “indicted.” Why, he asks, should that be so? Why has Marxism imprinted Western thought to the extent that it has? And why has communism never been put on public trial, as National Socialism was immediately after the defeat of the Third Reich? “Whatever the reason for Marxism’s survival, it is the reason for that reason that must be discovered….”

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La escuela española de derecho natural

Francisco de Vitoria, Luis de Molina, Roberto Belarmino y Francisco Suárez son los principales exponentes de la denominada Escuela Española de Derecho Natural y son precursores de la república democrática.

Francisco de Vitoria

Francisco de VitoriaNace entre 1480 y 1486 en Burgos o Vitoria. Murió en 1546. Ingresa a la Orden de los Dominicos y se forma en París donde obtiene su doctorado en la Sorbona.

Al principio labora como profesor en París, luego en Valladolid y finalmente en la Universidad de Salamanca.

Se le sitúa en la tradición escolástica y en la Escuela de Derecho Natural español.

Junto con Erasmo de Róterdam, es iniciador del humanismo cristiano, y algunos estudiosos lo han considerado también el fundador del Derecho Internacional.

Introduce el sistema de «dictar las clases» el cual es recibido como un avance pedagógico en la Universidad de Salamanca. Gracias a ese sistema, sus estudiantes conservaron sus ciases, que fueron impresas y transmitidas a las nuevas generaciones.

Para Vitoria, todos los hombres tienen igual naturaleza y, por tanto, igual dignidad. 

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¿Entrar o no, en el juego de Ortega?

En la oposición deberíamos tener en cuenta, entre otras razones, las siguientes en relación con la dictadura. Primero, la complacencia nacional e internacional con Ortega, que le permitió acomodar en extraña mezcla economía de mercado, atención a prioridades de Estados Unidos y retórica del “Socialismo del Siglo XXI”, terminó con la masacre de 2018. Segundo, después de esa represión, que además continúa, es imposible que Ortega recupere la confianza de la comunidad internacional y de los inversionistas, para que la economía vuelva a crecer. ¿Qué inversionista que se repute en su Responsabilidad Social Empresarial (RSE), aguantaría que un medio de comunicación le reclame en su país de origen, por invertir en la Nicaragua de Ortega? Tercero, la vía pacífica, electoral, para removerlo del poder, no significa que juguemos a las reglas legales que él estableció, ¡precisamente para construir su dictadura!

De alguna forma, las razones anteriores estuvieron como telón de fondo, con diferente peso para los diversos actores, en el proceso de discusión que condujo a la firma de los estatutos de la Coalición Nacional. Y debemos estar advertidos que la discusión volverá a aparecer, porque es una discusión democrática, frente al monolitismo verticalista en el FSLN, en que Ortega y su esposa todo lo deciden, sin cabida para las discrepancias. Es más, ese monolitismo también agita las aguas de la discusión democrática.

Como la discusión volverá a la agenda de la Coalición, es crucial valorar lo que ocurrió, que felizmente llegó a buen término. Es importante apreciar que la demanda de unidad opositora, impuso en la opinión pública costos políticos a la Alianza Cívica (ACJD). Como la discusión democrática es inevitable, los costos políticos en algunos casos pasarán desapercibidos para otras organizaciones, pero no para una tan emblemática como la Alianza, porque ha sido interlocutora del gobierno en dos ocasiones y tiene un elevado reconocimiento internacional. Aparecer faltando a la unidad de la oposición, independientemente de las razones que se tenga y pueden ser muy buenas, inevitablemente se paga.

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Pandemia, en tiempos de utopía

Algunos acontecimientos de este 2020 me han conducido a recordar la década de los 60, años de sueños que al final redundaron en horribles pesadillas.  Época en la  que un amplio número de personas aspiró a grandes y profundas soluciones recurriendo para concretarlas en sacrificios y abusos, convencidos de que el fin justificaba los medios.

Los tiempos como qué se repiten. En los sesenta la mayoría de los actores políticos,  amparados en una ideología con una sorprendente capacidad de sobrevivencia,  el marxismo, lucharon supuestamente por construir un mundo de oportunidades para todos cuando en realidad estaba empedrando el camino de un infierno que duro hasta la caída del Muro de Berlín, que al parecer, algunos quieren reconstruir.  

Los sesenta fueron los años de los Sueños. Frente a la teoría de la Destrucción Mutua Asegurada, -uso masivo de artefactos nucleares en caso de conflicto-, la permanente crisis de una guerra fría que mutaba a rojo con demasiada frecuencia -Crisis de Berlín, de los Misiles en Cuba, Guerra de los Seis Días, Guerra de Vietnam,  los Gulags soviético, la Revolución Cultural de Mao y los paredones de Fidel Castro- no cesaba de irrumpir un anhelo de cambio, una necesidad vital de destruir viejas estructuras para crear un mundo supuestamente más justo, donde la soberanía de las naciones fuese una realidad entre iguales, la riqueza un disfrute de todos y la libertad instrumento y fin para conquistar la justicia individual y social.

El ansia de un mundo mejor latía en muchas naciones y se acrecentaba en aquellas que hacían consciencia de sus limitaciones y las injusticias de que eran objeto. Ese nuevo mundo no geográfico, sino socio-político, con plena consciencia de necesidad de redención, era multirracial, de vastísima pluralidad religiosa, de lenguas diferentes, de culturas y tradiciones a veces en conflicto y de formas e ideas políticas diversas.

El Marxismo, con todas sus aberraciones, fue para los conversos el único instrumento de justicia. Renegaron de la inversión extranjera, censuraron la actividad económica privada, instrumentaron un culto al estado-todo-poderoso, una metrópoli política suplantaba la nación y el derecho del individuo nada significaba ante la masa irredenta.

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¿Preludio a una nueva agresión de la Corea comunista?

La conducta agresiva del régimen de Kim Jong-un despierta fundadas prevenciones de su vecino del sur en Seúl

Este martes fue noticia la destrucción de la oficina conjunta de enlace inter-coreana, ubicada en la villa de Kaesong, perteneciente a la llamada República Popular Democrática. Como todo el mundo sabe, Corea del Norte, pese a su nombre, es una monarquía harto impopular y absolutamente antidemocrática. Según Kim Yo-jong, hermana del actual mandamás comunista norteño, la oficina resultaba “inútil”.

Las amenazas formuladas por el régimen de Pyongyang incluyeron la divulgación de un “plan de acción” del “Ejército Popular de Corea” para reingresar en zonas que fueron desmilitarizadas en virtud de los acuerdos suscritos entre ambas partes del dividido país. El mensaje, que utiliza el truculento lenguaje tan caro a la dinastía Kim, ofrece “convertir la línea del frente en una fortaleza y elevar aún más la vigilancia militar contra el Sur”.

El anuncio de la agencia comunista KCNA habla de  una “terrorífica explosión” que destruyó la edificación. Aunque en la desdichada satrapía de Corea del Norte nadie osa actuar sin una previa orden de arriba, se atribuye la acción hostil a “la resolución del pueblo indignado para forzar a la basura humana, y a quienes han dado abrigo a la basura, a pagar caros sus crímenes”.

Esa alusión a los detritus parece referirse al señor Park Sang-hak y otros anticomunistas que huyeron del “paraíso terrenal” norcoreano hacia el Sur de la península, y desde allí luchan contra la dinastía Kim. Su acción más reciente (y causa del actual exabrupto) es el lanzamiento de unos globos que, impulsados por el viento, descargaron en Corea del Norte propaganda prodemocrática.

El hecho ha sido calificado por Pyongyang como “una provocación más grave que el fuego de armas y artillería”. ¡Imagínense, amigos lectores, en las octavillas se describe al monarca Kim Jong-un como un “diablo”, que tendrá un final sangriento similar al del iraquí Saddam Hussein o el libio Muammar al-Gaddafi!

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